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UNO. HABLA ALE
Cuando la comandante Cassie nos vio entrar, rompió el lápiz que tenía en las manos.
Supongo que esto nadie me lo va a creer, pero yo sé cómo se sentía. Me he sentido así desde que empecé a trabajar con este idiota de Ocean.
Mi nombre es Alejandra Ivy, y soy agente de la Organización Mundial para Asuntos Irregulares (OMAI), mi clave como agente era "Alex", pero desde que empecé a trabajar con Ocean, muchos me dicen "Suertuda", esto porque soy la única que ha logrado sobrevivir más de una semana con él; los otros agentes afirman que debe habérseme pegado algo de su maldita suerte. Quisiera verlo muerto...
OMAI es un organismo muy grande. Investiga todo aquello que se salga de lo común. La comandante alguna vez definió nuestra situación como "el barco tiene una vía de agua y nuestro trabajo es impedir que los pasajeros caigan en pánico, de lo contrario, nos hundiremos". Investigamos cualquier cosa extraña, desde avistamientos de ovnis hasta... hasta ranas peludas. Tengo un año y medio en la organización y ya he visto fantasmas, inmigrantes ilegales de otras dimensiones (cuando no de otros planetas), antiguos dioses con sed de venganza, brujas, monstruos (el chupacabras es un angelito en comparación con algunos humanos), el triángulo de las Bermudas por dentro (en realidad es un cilindro), el triángulo del Mar del Dragón (que está al otro lado del triángulo de las Bermudas), los monstruos del lago Ness y el maquillaje que usa mi hermana menor (esa sí que fue una experiencia traumática). Por supuesto, nada de eso me preparó para el caso que provocó que la comandante Cassie rompiera su lápiz cuando nos vio entrar.
Empezó con una llamada urgente desde Japón. El jefe de OMAI para Japón fue compañero de escuela de la comandante Cassie (que es la jefe de OMAI para México) y la llamó para exponerle un caso que su personal ya no sabía cómo manejar. La comandante prometió enviarle sus mejores agentes, pero, por desgracia, los únicos disponibles éramos nosotros dos.
Así que Ocean y yo llegamos a Japón, sin saber ni pío de japonés (con costos hablamos español), ni tener la menor idea de lo que nos esperaba. Y yo iba con ese miedo de que Ocean metiera la pata... No, iba con ese miedo de no saber en qué momento Ocean metería la pata por primera vez.
Viéndolo, nadie pensaría mal de él, siempre y cuando estuviera inmóvil y con la boca cerrada. Es un muchacho bastante alto, 1,75 m (... oigan, yo mido 1,70 m, para mí, cualquiera de más de 1,71 es alto...), tiene el cabello negro y unos encantadores ojos, castaños... pero en algún momento abre la boca y uno se da cuenta de que la encantadora expresión de sus ojos corresponde a la más absoluta estupidez. Y tiene una suerte realmente espeluznante. No importa cuánto se esfuerce por hacer mal las cosas, siempre sucede algo que lo salva en el último momento.
Estábamos, pues, en Japón. En la escena del crimen. Un laboratorio viejo, anticuado, como de ciencia ficción de los años '50. La policía de Japón y OMAI estaban investigando el asesinato de Koji Kabuto, héroe de la postguerra. Móvil del crimen: desconocido. Sospechosos: ninguno. Arma homicida: ... un robot de 20 m de alto llamado Mazinger Z...
Ya habían retirado el cuerpo, pero Mazinger seguía en la misma posición que cuando lo encontraron; de modo que su pie izquierdo reposaba sobre la silueta de gis, y nosotros sólo podíamos ver los trazos correspondientes a brazos y piernas sobresaliendo como si se tratara de una rana aplastada. Muy feo.
Había un testigo que nos dijo haber visto a alguien rondar el hangar de los robots. No había podido verlo bien; no sabía si se trataba de un hombre o una mujer; no era ni muy alto ni muy bajo; tenía el cabello castaño, ni muy corto ni muy largo; no era ni muy gordo ni muy delgado; se movía ni muy rápido ni muy despacio; y vestía de azul y negro.
-Bueno, menos mal -me dijo Ocean-, con esta descripción, podemos descartar a las dos terceras partes de la humanidad. Sólo nos quedan unos dos mil millones de posibles sospechosos...
No, no era una ironía, Ocean lo decía en serio. Para colmo de males, eso no nos descartaba ni a él ni a mí. El uniforme de OMAI para trabajo de campo es camiseta blanca, pantalón negro, tenis negros y una chaqueta azul con las iniciales del agente en amarillo...
Todavía estábamos discutiendo los posibles móviles del crimen cuando llegó un policía gritando que se había cometido un nuevo homicidio. Los policías japoneses nos empujaron, nos metieron de alguna manera en un mini-auto (íbamos once ahí dentro) y en cuestión de minutos estábamos en otra parte de Japón. Un sitio llamado Nerima.
Estaba lloviendo cuando llegamos. Una lluvia ligera, fina, persistente y helada. Cuando la puerta de la casa se abrió, estuve a punto de irme de espaldas: había un oso panda haciendo de portero. Ocean miraba al oso, el oso miraba a Ocean y yo los miraba a los dos. Finalmente, el oso sacó un letrero que, por lo que a mí respecta, igual podía haber estado escrito en chino mandarín que en chino cantonés.
-No leo en japonés -le dije, con voz algo temblorosa.
El oso le dio vuelta al letrero, el otro lado estaba en español: "¿Qué se les ofrece?"
-Somos Ocean y Ale, agentes de OMAI.
El oso le dio otra vuelta al letrero: "Síganme". Había policías por todas partes haciendo mediciones, tomando huellas y fotografiando hasta el último rincón. El panda nos llevó hasta el lugar donde estaba reunida la familia. Una mujer de unos treinta años, rubia, muy bonita, se adelantó para recibirnos mientras el panda se retiraba; llevaba el uniforme azul y negro pero, en lugar de iniciales, lo que tenía en la chaqueta era un kanji.
-¿Ocean y Ale? Soy de OMAI de Japón. Mi clave es Venus. El comandante Lobo me avisó que vendrían, quise encontrarlos en la casa Kabuto, pero me interceptaron con este otro asunto. Vengan, les presentaré a la familia.
La familia Saotome-Tendo-Tofu-Kuno... más o menos. No nos acercamos mucho para no molestarlos, así que la agente Venus nos los señaló desde lejos mientras el detective Kelvin Gurio, de la policía de Tokio, nos proporcionaba los datos principales.
Los patriarcas del clan eran dos hombres de sesenta años, aproximadamente, amigos de toda la vida, compañeros de estudios y finalmente, consuegros: Soun Tendo y Genma Saotome (este último llegó después que nosotros y venía todo mojado). El señor Tendo tenía tres hijas: Kasumi, casada con el Dr. Tofu y madre de un niño (Chinichi); Nabiki, casada con Tatewaki Kuno; y Akane, esposa de la víctima y madre de tres niños (Kenichi, Kenni y Kenban). Además de ellos, estaban ahí Ryoga Hibiki, amigo de la familia y Sazuke (un tipo muy extraño, vestido de ninja), sirviente de los Kuno-Tendo.
El cadáver estaba en el baño de la casa. Cuando llegamos ahí, Venus chasqueó los dedos y el detective Gurio apareció como por arte de magia.
-Kelvin, datos, por favor -dijo Venus.
Él asintió y sacó una pequeña libreta negra.
-Ranma Saotome, 29 años, artista marcial de gran renombre, último depositario de los secretos de la secta de combate libre Saotome, maestro y administrador del dojo Tendo, comprometido con Akane Tendo desde la infancia, se casaron a los 17 años, padre de tres hijos. Tenía muchos rivales dentro y fuera de la profesión, la mayoría buenos amigos en el fondo (de acuerdo con la familia).
-¿Posible causa de la muerte? -pregunté.
-Un infarto.
-¿En un hombre tan joven? ¿Y deportista, además?
-Pensamos que fue provocado, observen.
Nos enseñaron unas bolsas de evidencias que contenían unas tijeras comunes y una trenza.
-¿Cabello del muerto? -preguntó Ocean.
-Ajá, la trenza tradicional de la secta de combate libre Saotome.
-No vi que el padre tuviera trenza -dijo Ocean, yo quería ahorcarlo.
-Será porque es calvo -dijo Venus, como si estuviera acostumbrada a oír esa clase de cosas-. De acuerdo con el padre y la viuda, esa trenza era un tesoro para él.
-¿Tanto como para que su pérdida le provocara un infarto? -dije yo, incrédula.
-¡Por supuesto! -exclamaron Venus, Kelvin y Ocean al mismo tiempo. No era mi día.
Rato después, estábamos en un restaurante chino, tomando café (¿Qué? ¿Que es incongruente? Claro que sí...).
-¿Tenemos algún sospechoso? -preguntó Ocean.
-En este caso, lo difícil no es encontrar a alguien que sea sospechoso, sino a alguien que no lo sea.
Venus abrió su diminuto bolso de mano y sacó un impreso en papel continuo, lo sacudió, lo extendió y nos lo mostró.
-Esta es una lista de las personas que han amenazado de muerte a la víctima. Sólo anotamos a los que lo amenazaron más de una vez.
Calculé que esa lista medía más o menos lo que un rollo de papel higiénico (doble hoja, porque estaba impreso por los dos lados).
-Llevará siglos investigar a todos -dije.
-Fue por eso que la policía japonesa acudió a OMAI. Además, creemos que el asesino no está en la lista.
En ese momento, un niño de unos ocho años tropezó con la mesa y con Ocean y rompió la lista mientras trataba de mantener el equilibrio de la bandeja con platos y tazas que llevaba. La bandeja cayó y él quedó bañado con su contenido (a Ocean no le cayó ni una gota)... de pronto ya no había niño ahí, sino un patito blanco.
-¡¡Mousse!! ¡Ven aquí y ayuda a tu hijo! -gritó la dueña del restaurante, una dama de cabello morado y acento chino (no, no me pregunten cómo reconocí el acento chino)-. De tal palo, tal astilla... ¿Cuándo entenderá que tiene que usar los anteojos aunque no le guste?... Mi amor, tienes que darle tú el ejemplo... ¡¡Ponte los anteojos, Mousse!!
-Sí, cariño...
Mientras Mousse se llevaba al patito y limpiaba aquel tiradero, nosotros decidimos volver al caso...
-Sin embargo, se supone que nosotros deberíamos investigar la muerte de Koji Kabuto -señalé-. ¿O hay algún motivo como para pensar que están conectadas? ¿Había alguna relación entre las víctimas?
-Nada, aparte de la nacionalidad y de ser personajes de anime. Sin embargo, creemos que se trata del mismo asesino, que ya ha matado antes, y que volverá a matar.
-¿Quién fue la primera víctima? -preguntó Ocean.
Venus nos mostró una fotografía bastante vieja.
-¿¿Un robot?? -me sorprendí yo.
-Astroboy. Uno de los primeros robots con aspecto humano hechos en Japón -a mí no parecía muy humano-. Borraron su disco duro con un imán gigante.
-Hasta ahora tenemos tres modus operandi.
-Pero en los tres lugares ha sido vista una persona de cabello castaño ni muy largo ni muy corto, ni muy alta ni muy baja, ni muy gorda ni muy delgada, ni muy lenta ni muy rápida, y vestida de azul y negro -señaló el detective Gurio, apareciendo de repente.
Casi me da un infarto, fue como si hubiera surgido de debajo de la tierra. Venus le dio un golpe en la cabeza.
-¡Kelvin! ¡Ya te dije que no hagas eso!
-Lo-lo siento, Mina, pero es que apareció otro cadáver.
-¿Dónde?
-En la Corporación Capsul.
Minutos después, estábamos en un sitio de arquitectura bastante singular, contemplando el cadáver de quien en vida fuera Son Goku. Su "mejor enemigo" se había convertido en el instrumento involuntario de su muerte. Y el asunto era bastante grave, ya que no sería posible revivirlo. Las esferas del dragón habían sido robadas la noche anterior a la muerte de Goku y la única pista de su paradero era una nota del ladrón (quizá el mismo asesino) donde afirmaba que las esferas jamás podrían ser recuperadas, ya que tenía intención de ocultarlas en la misma sección del Pentágono donde el profesor Henry "Indiana" Jones había hecho guardar el Arca de la Alianza durante la Segunda Guerra Mundial. Ni siquiera el radar del dragón sería capaz de localizar algo ahí... Así que esta vez, la muerte de Goku podía ser considerada como definitiva...
De acuerdo con la declaración de Vegeta, una persona había llegado al lugar haciéndose pasar por empleado de UPS.
-¿No puede decirnos si era hombre o mujer? -preguntó Ocean.
-No, la verdad es que no me fijé...
-¿¿Qué??
Vegeta se encogió de hombros.
-¿Quién se fija en los mensajeros?
Tenía razón. El asesino se había hecho pasar por mensajero para hacerle llegar una grabación a Goku. Vegeta había recibido el paquete y se lo había entregado a la víctima.
-¿Y de qué se trata la grabación?
-Es una adivinanza.
-¿Quiere que lo adivine?
-¡No! Le estoy diciendo que el contenido de la grabación es una adivinanza.
-¿Me está diciendo que murió a causa de una adivinanza?
-Precisamente -murmuró Vegeta-. Debí haberme dado cuenta a tiempo y quitarle la grabación antes de que terminara de oírla, pero yo estaba distraído en ese momento. Él se esforzó tanto por resolver el acertijo, que sufrió un derrame fulminante.
-Sigo sin entender -se quejó Ocean.
-Escuchémosla -dije yo, poniendo la grabación. Ocean concentró toda su inteligencia en resolver el acertijo planteado por una voz alterada electrónicamente:
"2 son 3, si bien se mira./ 3 son 4, si se advierte./ 4 son 6 y, de esta suerte,/ 6 son 4, sin mentira... ¿Cuál es la respuesta correcta?"
-¿"Se mira", "se advierte", "suerte", "sin mentira"?... Huy, no lo entiendo, Ale.
Me permití dedicarle una mirada compasiva.
-Esa adivinanza la conozco desde que estaba en segundo de primaria, es viejísima, Ocean...
-¿De cuando estabas en segundo? ¡Santísima Virgen de la Macarena! Eso fue un año antes del Diluvio, ¿verdad?
Grrrr... como para matarlo.
-Escríbelo -le dije-, si así no lo resuelves, no lo resolverás con nada...
Él me obedeció y se puso a escribir laboriosamente, pero ni así pudo entenderlo. Tomé su libreta y leí lo que había escrito: "2 son 3 si bien se mira. 3 son 4 si se advierte. 4 son 6 y, de esta suerte, 6 son 4 sin mentira".
-¡Pero, hombre, así no era como tenías que escribirlo! ¡Nunca lo vas a resolver de esa manera!
-¡Pero, mujer, es que no te entiendo!
-¡Dejémoslo así, antes de que te dé un derrame a ti también!
Aunque dudo que tuviera suficiente cerebro como para eso... No habíamos terminado de discutir cuando el oficial Gurio nos avisó de un nuevo crimen.
-¿En dónde fue?
-En el planeta Céfiro.
¿¿¿¿El planeta Céfiro???? ¿Qué sería eso? ¿Una tienda? ¿Un restaurante como Planet Hollywood? ¿Un parque de diversiones como Walt Disney's World?
Poco después, estábamos en la Torre de Tokio.
-¿Por qué vinimos aquí?
-Para viajar a Céfiro.
Yo ya me estaba desesperando y lo peor de todo era que Ocean tomaba aquello con tanta naturalidad como si viajara a Céfiro desde una réplica de la Torre Eiffel todos los fines de semana. Así que me esforcé por no gritar cuando la torre desapareció y nosotros nos encontramos cayendo como piedras en otra dimensión. Pude ver que Venus estaba muy tranquila a pesar de la caída libre aunque no teníamos paracaídas y asumí que algo nos salvaría en el último momento... fue una de las raras ocasiones en las que deseé con todas mis fuerzas que realmente se me hubiera pegado algo de la suerte de Ocean. Nos rescató un pez volador.
Una vez en el castillo, nos enteramos de que se trataba de un doble homicidio.
-Caldina dice que vio a una persona de cabello castaño... -empezó a decir el encargado del lugar (o algo parecido), un niño de unos diez años, cabello lila claro y ojos azules, que vestía como mago, llevaba consigo un bastón más largo que él y todo el mundo lo trataba con muchísimo respeto.
-¿Cabello ni muy corto ni muy largo, ni muy alto ni muy bajo, ni muy gordo ni muy delgado, ni muy rápido ni muy lento y vestido de azul y negro? -preguntó Ocean.
Guruclef parpadeó, sorprendido.
-Sí, exactamente.
-¿Dónde están las víctimas? -pregunté yo, aprovechando para meter la cuchara antes de que Ocean dijera otra tontería.
Nos llevaron al lugar del crimen. Se trataba de un hada de cabello azul (peinado con dos moños, qué ridículo) y alas de libélula, llamada Primavera; y... un conejo blanco con una joya roja en la frente.
-Eran personas muy queridas en nuestro mundo -dijo Guruclef.
-¿"Personas"? -exclamé yo-. ¿Matar a un conejo es un homicidio en este planeta?
De pronto vi montones de estrellas... y es que Guruclef me había dado un soberbio bastonazo en la cabeza... Fue la gota que derramó el vaso: me lancé contra él y empecé a estrangularlo (estilo Homero Simpson), pero una muchacha de cabello azul logró hacer que lo soltara, cuando me pegó en la cabeza con la empuñadura de su espada, no sé cómo le hizo, pero me dio justo donde me había golpeado el chiquillo ese. Yo lo solté y retrocedí, levantando ambas manos en señal de paz.
-¿Tanto escándalo por un conejo?... No me digan que era como las vacas sagradas de La India...
Todos (Venus, Ocean, Guruclef, la chica de cabello azul y otras dos, vestidas verde y rojo y un perro muy grande) me lanzaron una mirada de compasión realmente aplastante. Por supuesto que era un homicidio matar a ese conejo, digo, coneja, se llamaba Nikona y era una criatura mágica... Hubiera querido volverme invisible, pero no hizo falta. Venus gritó algo en japonés de repente y salió corriendo. Sobra decir que Ocean y yo también salimos corriendo.
-¿Qué pasa? -le pregunté.
-¡El peinado del hada Primavera! ¡El conejo! ¡El asesino dejó una pista! ¡Sé quién será la próxima víctima!