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DOS. HABLA OCEAN
Cuando la comandante Cassie nos vio entrar, rompió el lápiz que tenía en las manos.
Siempre hace algo así cuando llegamos a dar nuestros informes.
Mi nombre es Ocean de Jesús Guadamuz Barboza, mi clave es "Ocean". Soy agente de OMAI desde hace dos años. Durante ese tiempo, he tenido más de ochenta compañeros de trabajo, muchos agentes de OMAI tienen una fuerte tendencia a sufrir accidentes. Ahora me tienen asignado con una chica a la que conocemos como "Ale". Es buena persona, pero un poco quisquillosa. A veces se enfada mucho sin ningún motivo, pero, a fin de cuentas, me cae bien.
Tengo que admitir que hace un buen trabajo y hasta me parece bonita, con su cabello y sus ojos castaños y esa expresión tan dulce que tiene cuando cree que nadie la está mirando y deja de intentar parecer seria y profesional... pero me estoy desviando del tema, se supone que tengo que concentrarme en lo que ocurrió cuando investigamos al asesino en serie.
La agente Venus (muy linda, lástima que sea casada), nos arrastró hasta un lugar llamado Juuban, con la esperanza de que pudiéramos adelantarnos al asesino... pero llegamos tarde.
Serena Tsukino había muerto mientras nosotros estábamos en Céfiro.
El desconsolado viudo había sufrido una crisis de nervios y estaba hospitalizado. No era para menos. Es poco frecuente ver una caja fuerte de cinco toneladas, marca ACME, materializarse en el aire y caer sobre tu esposa...
No tuvimos tiempo de averiguar mucho, excepto lo que nos dijo la sacerdotisa a cargo del templo Hikawa, donde ocurrió la tragedia. Rei Hino, amiga de la víctima (y también de la agente Venus) aseguraba haber visto en el fuego sagrado, justo antes de que la caja fuerte apareciera de la nada, a alguien de cabello castaño ni muy corto ni muy largo, ni muy... bueno, ya saben a qué me refiero.
Íbamos a interrogar a los otros testigos, pero nos llamaron desde Inglaterra. Otro crimen del asesino en serie.
Esta vez llegamos a un estudio de televisión arreglado para parecer un jardín horrorosamente artificial. Las cuatro víctimas de esta ocasión estaban en el suelo, formando un círculo. El olor del arma homicida activó la alergia de Ale y ella estuvo estornudando todo el tiempo que permanecimos ahí, pobre. Yo estaba bastante impresionado. El asesino había exterminado a los Teletubbies con insecticida para casa y jardín.
Un sujeto astuto, sin duda alguna, y se movía rápido, porque antes de que pudiéramos sacar nuestras libretas, recibimos una llamada de Estados Unidos. Un nuevo crimen.
La víctima en esta ocasión era un dinosaurio color púrpura. Casi me voy de espaldas cuando Ale dijo que se alegraba de que lo hubieran matado... jamás me imaginé ni en mis peores pesadillas que ella fuera capaz de odiar a mi ídolo, Barney, el dinosaurio... snif... Me rompió el corazón.
Snif... Perdón, la víctima había sido atropellada por un auto, digo, troncomóvil, que había sido abandonado en la escena del crimen.
-El vehículo fue robado hace dos días del Instituto Smithsoniano -nos indicó Benito Bodoque, oficial de la policía local.
Advertí entonces que el oficial Bodoque llevaba una banda negra en su uniforme. Le pregunté por eso.
-Don Gato murió anoche, él era como un padre para mí, me enseñó todo lo que sé -dijo él, secándose una lágrima-. En este momento está en la morgue, pero parece ser que alguien lo obligó a comer sardinas vencidas...
Huy... Decidí que era mejor revisar más de cerca el troncomóvil, y ahí encontré un cabello castaño y unas fibras de tela azul y negra. Inmediatamente remitimos esas evidencias a las oficinas centrales de OMAI, con la esperanza de identificar al asesino por medio de su ADN, pero, desgraciadamente, desaparecieron antes de llegar a su destino.
La siguiente llamada que recibimos fue de Grecia.
Llegamos a un lugar conocido como El Santuario y luego de subir infinidad de escalones (bueno, los subió Ale, cuando ella iba llegando al final, yo todavía no empezaba a subir, y entonces descubrí el panel de control de la escalera automática, con lo que me ahorré el ejercicio), tuvimos algunas dificultades para interrogar a los testigos, ya que todavía estaban muy afectados. Parecía mentira, tratándose de valientes guerreros, pero la verdad es que estaban aplastados (no, no les había caído nada encima, quiero decir "moralmente aplastados").
-Es... es que... ¡Es que es ... horrible!! -dijo Ikki, y se echó a llorar. Su hermano menor, que era el único que permanecía sereno, lo abrazó y le dio unas cuantas palmaditas.
-Ya, ya,... tranquilo,... todo va a estar bien... -decía.
Vi que Ale se estaba poniendo incómoda. No hay nada más feo que ver a un hombre grande y fuerte llorar como un bebé.
-Esteee... -dije yo-. ¿Podrían decirnos dónde esté el cadáver?
Eso hizo que Ikki, que ya se estaba calmando, empezara a llorar de nuevo. Todos me miraron a mí con muy mala cara, no entiendo por qué, y me señalaron una puerta que estaba cerrada. Ale y yo nos acercamos, yo la abrí y...
-¡¡¡Espere, no lo haga!!! -gritó la señorita Kido en el momento en que yo abría la puerta de par en par y estaba a punto de echar una mirada dentro.
-¿Qué cosa? -pregunté.
-¡¡¡NO MIREN ADENTRO TODAVÍA!!! -gritaron todos.
¡Pum! Demasiado tarde, Ale ya había mirado y ahora estaba en el suelo, con los ojos en blanco y (¡horror!) no respiraba. Mi suerte me había salvado nuevamente y fue mi compañera la que se asomó primero a la habitación. A toda prisa, cerré la puerta y entre todos atendimos a Ale. Me ví obligado a darle respiración artificial, ella recobró el sentido mientras lo hacía y en lugar de agradecer que le salvara la vida, trató de pagarme con un gancho al hígado, pero tiene muy mala puntería y sólo logró lastimarse la mano con la hebilla de mi cinturón. Cuando conseguí calmarla, descubrimos que había despertado con una laguna en su memoria, su inconsciente había borrado varios segundos de su existencia con el fin de proteger su cordura y no recordaba lo que había visto, afortunadamente.
-¿Pero qué fue lo que vio Seiya? -pregunté.
Los caballeros de Atena se miraban entre sí y ninguno se atrevía a responder. Finalmente, habló Saga.
-Un horror sin límites. Una visión más espantosa que el mismo infierno -dijo, con voz tenebrosa-. Nosotros hemos visto cosas que le volverían blanco el cabello al mismísimo Lucifer, pero lo que Seiya vio al entrar ahí fue suficiente para matarlo. Le ruego que tenga cuidado.
Yo tragué saliva y, teniendo en cuenta esa advertencia, abrí la puerta, entré y miré...
El horror...
El terror...
El asco...
Por suerte, estaba preparado.
Rápidamente, tomé la colcha de la cama y cubrí aquello que había sido colocado sobre el espejo de manera que cuando Seiya entrara, lo confundiera con el reflejo de su propia cara. Luego salí de ahí como si me persiguieran todos los diablos.
-Es... es espantoso... -dije jadeando, una vez que estuve afuera-. No lo puedo creer... ¡Tenemos que detener a este asesino a cualquier precio! ¿¿Qué clase de enfermo mental puede hacer algo semejante??... es... ¡Demasiado!
-Sí -dijo Shun, lacónicamente.
Ale me miró, interrogante. Sé que nunca nos hemos llevado bien, pero esta vez tomé sus manos y le hablé con voz suave.
-Ale, compañera, tienes que ser fuerte... Ya que estamos investigando este caso, es mejor que lo sepas todo... ¿Mantendrás la calma?
-¿Qué fue lo que vio Seiya? -me dijo mi valiente aliada, con voz serena.
Yo tomé aire. ¿Cómo decírselo con suavidad?... No sé hacer esas cosas, se lo dije de golpe:
-Una máscara de Mickey Mouse.
Ale se desmayó otra vez.
Mientras ella se recuperaba, recibimos una comunicación de la estación espacial Luna Dos, sede del Consejo Supremo. Acababan de recibir ahí un e-mail donde se ofrecía información acerca de alguien que estaba planeando una serie de asesinatos. La comunicación tenía fecha de hacía dos meses... al parecer, se había extraviado en el correo del Hotmail (ni siquiera el e-mail de OMAI es eficiente).
Pronto nos encontramos en los estudios Spumco, a donde nos guió la dirección del remitente. Una vez ahí, preguntamos por Ren Höek y Stimpson J. Cat. La recepcionista puso mala cara y nos indicó que debíamos salir, dar la vuelta al edificio y entrar por el área de recolección de basura.
De esa manera, Ale y yo descubrimos los cadáveres de Ren y Stimpy.
-Cielos -murmuré, tapándome la nariz-, tengo la leve y lejana impresión de que Astroboy no fue la primera víctima, después de todo... Estos dos llevan muertos un buen rato. Quizá desde el mismo día en que enviaron el e-mail. Qué raro que nadie notara su ausencia en los estudios.
Ale suspiró. Últimamente lo hace con mucha frecuencia.
-A mí no me extraña nada... -dijo, pero no me quiso explicar por qué.
Los dos cadáveres estaban sobre una mesa de disecciones y las tapas de sus cráneos estaban desenroscadas, las cavidades craneales estaban vacías.
-¡Hum! ¡El asesino robó sus cerebros! -exclamé-. ¡Ale! ¡Apunta como sospechosa a la única neurona del Gnomo del Pergamino!
-No seas idiota. Esa neurona es famosa por poseer la única prueba gráfica de que Ren y Stimpy tuvieron cerebro alguna vez. Creo que el asesino no resistió la tentación de comprobar si tenían cerebro todavía o si ya se había evaporado. Además, la neurona del Gnomo no está tan loca como para visitar a estos dos en su propia guarida, sabiendo que de ella depende la existencia de su dueño...
Tuve que admitir que ella estaba en lo cierto. La neurona del Gnomo queda descartada de la investigación.
-¡Ta-ta-ta-taaa-ta-taaa! ¡Poooder perruno!!!
Un enorme perro gran danés entró de repente, dándonos un tremendo susto.
-¿Quién eres tú? -pregunté, tan pronto como logré bajar del techo (sí, quedé clavado ahí, estilo Silvestre).
-¡Soy Scrappy Doo y he venido a resolver el misterio! ¡A un lado, detectives aficionados! Ven, tío Scooby.
Otro perro gran danés, tan viejo que parecía un fósil viviente (le calculé unos 780 años... años de perro, naturalmente), entró con precaución, olisqueó los cadáveres (¡no me explico cómo pudo hacer eso, a menos que ya hubiera perdido el olfato debido a su avanzada edad!)... y cayó muerto.
-¡¡¡Tío Scooby!!!
Scrapy quiso ayudar a Scooby y cayó muerto también.
-"Torta mató a Panda. / Panda mató a tres. / Tres muertos mataron / a siete vivos." -recitó Ale mientras me sacaba a rastras.
-¿Y eso qué es? -le pregunté.
-Lo que estaba escrito en la pared. ¿No lo viste, cabeza de piedra?
Pues no, no lo había visto.
-¿Y qué significa?
-Era una advertencia del asesino. Una adivinanza que aparece en "Cuentos de mi tía Panchita". Significa que el asesino usó en Ren y Stimpy un veneno que mata al contacto, si hubiéramos tocado los cadáveres, estaríamos muertos. De la misma manera que en el cuento la torta envenenada mató a la yegua Panda, su cadáver mató a tres perros que se acercaron a lamerla y los tres perros muertos mataron a siete zopilotes que trataron de comérselos. Qué suerte que Scooby y Scrapy los tocaron primero.
Me estremecí. Ale meditaba profundamente.
-Ocean -me dijo al cabo de un rato-, ¿estás pensando lo mismo que yo?
-Eso supongo, Ale, pero ¿dónde vamos a conseguir unas faldas hawaianas a estas horas?
-¿¿??... ¡No, idiota! ¡El asesino citó a la escritora Carmen Lyra!
-¿Algún parentesco con Lyra Vega?
-Ocean...
-¿Carmen Lyra será la próxima víctima?
-¡¡Ella ya murió!!
-¿¿Ya la mató??
-¡QUE NOOO! -Ale tomó aire-. El asesino se traicionó a sí mismo con ese mensaje. Ahora tenemos una pista sobre su identidad: el asesino en serie es mexicano, como tú y yo.
Miré con fijeza a mi compañera.
-¿Qué tanto me ves?
-Pues... que tienes el cabello castaño, ni muy largo ni muy corto, eres ni muy alta ni muy baja...
Trató de pegarme con un mazo, pero falló y le dio a la vitrina de una joyería. Mientras escapábamos del dueño y de la policía, decidimos regresar a México y hablar con la comandante Cassie.