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Capítulo 8

 

Todas las guerreros, junto con Artemis y Luna, se encontraban reunidos en el templo Hikawa.

 

 

Ya no pudo seguir, las lágrimas se lo impedían.

 

 

Silencio

 

 

Todas las chicas aprobaron esa decisión dándose por concluida la reunión.

Mientras, el hombre causante de las preocupaciones de las chicas, que decía llamarse Morus y cuyo nombre no recordaba Serena, se encontraba en una habitación oscura, totalmente vacía en donde se escuchaban miles de voces de seres que sufrían. Aquello lo relajaba. No podía parar de pensar en aquella chica, Serena, a la que había conocido al hacerse pasar por Richard una vez que se deshizo de él. Había llamado su atención desde el primer momento, momento en que la había escogido para sus juegos pero después aparecieron esas guerreros, más fuertes que los humanos corrientes y por lo tanto mejores para sus propósitos. Esas palabras, las que Serena había pronunciado cuando le mordió, esperaba que algo sucediera y cuando él le había preguntado qué había dicho que nada pero estaba asustada, tal vez fuera una de esas guerreros, en tal caso... una figura deforme de un hombre mitad murciélago más conocido como vampiro le saco de sus pensamientos.

 

 

 

Morus cerró los ojos y entonó las plegarias, que tanto trabajo le había costado aprender para llegar a ser lo que era, que lo conducirían ante su Maestro. Este, como siempre, mantenía una mirada inexpresiva.

 

 

 

El domingo, las chicas se dirigían a casa de Eduard para visitar a Sere. Habían quedado allí a las cuatro, pero a causa de Mina y Serena iban tarde.

 

 

El grupo se detuvo delante de una gran mansión en donde salió a recibirles un mayordomo que las condujo a una habitación decorada muy seriamente y que parecía tratarse del despacho del primo de Amy. Al poco rato llegó este acompañado de Sere que al ver a Serena se lanzó loca de alegría a sus brazos.

 

 

En su mirada se notó un matiz de profunda tristeza como si hubiera convertido ese caso en algo muy suyo. Mina se percató de ello. Las chicas se quedaron un rato más charlando con Sere, a la que prometieron llevar de fiesta algún día de estos. Al despedirse esta le pidió a Serena que se quedará un rato más.

 

 

 

Serena aceleró la marcha, tenía muchas ganas de verle, pero cuando se encontró delante de la puerta de su habitación en el hospital dudo unos instantes, no podía dejar de pensar que lo que le había pasado era su culpa por no haberle acompañado cuando se sintió mal. Las lágrimas amenazaron con surgir pero ella las contuvo y finalmente entró. Darien estaba sentado en la cama, tenía el pecho y los brazos vendados y cuando la vio le dijo que la estaba esperando y trató de incorporarse pero aún estaba débil y no pudo.

Serena corrió a su lado y lo sostuvo ayudándole a volver a tumbarse.

 

 

Serena comenzó a llorar al oír estas palabras ante lo cual Darien la abrazó fuertemente ignorando las protestas de su cuerpo. Un fuego recorrió todo su ser, la ira y la ternura que sentía lo alimentaban. Ira, hacía aquellos que le habían herido y que ahora hacían sufrir a su pequeña princesa y, ternura por ella, por el efecto que tenerla entre sus brazos le producía. Este fuego continuó creciendo y creciendo hasta que ya no pudo dominarlo y, sin soltarla, buscó sus labios y la besó, pero no como otras veces porque este beso estaba lleno de la fuerza que lo recorría, de pasión. Al principio Serena sintió el cambio e intentó separarse pero él la tranquilizó con besos más tiernos y dulces para volver, después, a besarla apasionadamente. En las habitaciones de Morus este vio como la piedra azul que había encontrado brillaba fuertemente y este fue el último día que Darien pasó en el hospital, sus heridas desaparecieron misteriosamente.

 

Continuará...