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Traiciones
La chica de cabello azul miraba por la ventana del taxi. Su mirada era triste, muy triste, sus ojos reflejaban el dolor de un día lluvioso, el dolor de una laguna oscura, el dolor del agua, el dolor de la soledad, el dolor de su elemento.
La noche caía sobre la ciudad de Tokio como aplastando al soleado día, igual que la pesadumbre caía sobre el corazón de la chica destrozándolo aun más. De nuevo aquella espina se clavaba en su corazón, aunque, en realidad, nunca había salido. Aquel sentimiento de soledad eterna, de ser solo un utensilio, sin sentimientos, sin sufrimiento, sin remordimiento, ese sentimiento que la perseguía y que siempre estaba allí. Cada vez que iba a aquel lugar se sentía igual, pero no podía dejarlo. Cada vez que intentaba echarse para atrás algo la hacía ir de nuevo hacia él, hacia el que traía todas sus desgracias.
Él, siempre él. No sabía que era, si su cuerpo, su mente o su corazón, pero había algo, algo que la impedía alejarse de aquello, de aquel dolor, de aquel sufrimiento. Era ese extraño sentimiento de esclavitud que la unía a él. Nadie la obligaba, pero siempre volvía, siempre volvía a él. Unas palabras se escucharon en su mente, pero estaban muy lejos, estaba demasiado sumida en sus propios pensamientos.
- ¡Srta.! ¡Srta.! Ya estamos aquí – gritó el taxista
Salió de sus pensamientos y observó al viejo taxista.
- ¡Despierte, que ya es hora! Son 400 yens – dijo el taxista de forma grosera
- Tenga – dijo la chica entregando el dinero sin importar el tono del hombre
Antes de salir del taxi cerró sus ojos por un momento. Un suspiró recorrió lentamente todo su cuerpo hasta llegar al exterior. Escuchó al taxista que la apremiara a que saliera. Abrió la puerta lentamente y salió a su encuentro.
Caminó con paso lento hacia la esquina de la calle. Allí, como siempre, estaba él. Siempre él, con su sedoso pelo negro y sus brillantes ojos azules. Había llegado al menos dos horas tarde a su usual cita pero él seguía esperando como siempre lo hacía.
Llegó hasta él y se paró justo enfrente mirándolo fijamente a los ojos.
Sonreía maliciosamente pero a la vez con dulzura. Aquel hombre realmente despertaba respeto y miedo, no un miedo común, un miedo imposible de describir, un miedo que solo ella podía percibir.
- ¿Qué pasó con la siempre responsable y puntual Amy? Has cambiado mucho en los últimos meses – dijo con su voz tierna y serena
Amy no se inmutó, tan solo siguió mirándolo a los ojos, sin separar su mirada, porque sabía que si lo hacía se rendiría ante sus encantos como siempre hacia. No, ese día iba a ser diferente, ese día le iba a decir que se había acabado, que ya no soportaba más que jugara con ella, con su cuerpo, y sobre todo, con su triste corazón.
- ¿Te ocurre algo? – preguntó sin borrar la sonrisa de su cara
Claro que no iba a borrar esa sonrisa, porque en realidad lo que a ella le ocurriera no le importaba, él solo buscaba un placer diferente, un placer que no podía encontrar en su esposa.Tan solo siguió callada con aquella mirada fría y dura sobre los ojos del hombre.
- ¿Por qué tan callada? Cuando estamos en la cama no dudas un momento en gritar – susurró
Sin pensarlo Amy le dio una fuerte bofetada al hombre siempre manteniendo su mirada consumida por el dolor. Él movió su cabeza hacia un lateral cuando sintió el impacto del golpe. Después miró a la chica muy serio pero automáticamente volvió a sonreír.
- Tan agresiva como siempre...así es más divertido
La actitud del hombre podía con ella, la aprisionaba, nunca sabía que hacer, nunca sabía como decir no. A cualquier cosa que ella hiciera siempre tenía un comentario positivo, una felicitación, por eso no podía alejarse de él.
Se sentía vacía cada vez que sus manos pasaban sobre ella, pero a la vez se sentía amada, sentía amor, algo que nadie más podía darle, y aunque la hiciera sufrir tanto, aunque se sintiera una esclava aquello la reconfortaba, la reconfortaba más que nada.
- ¿Vamos? – preguntó él
Amy solo asintió sin decir nada, pensaba pararlo, pararlo esa noche, pero no aun, no ahora, porque en ese momento se sentía más unida a él que nunca, ese momento en el que se reunían en esa esquina, cuando el le sonreía y por un pequeño instante la hacía feliz.
Caminaron por las amplias calles del centro. La gente sonreía al verlos pasar, siempre habían dicho que hacían una gran pareja, pero él hacia mejor pareja con su esposa, estaban hechos el uno para el otro, ella tan solo era la diversión de algunas noches.
Finalmente llegaron a un amplio y lujoso hotel, el mismo de siempre. Ella se quedo en el lobby mientras que él hablaba algo en la recepción. Unos instantes después apareció con una llave y la mostró con una sonrisa triunfadora.
Subieron a la habitación, la número 221, la misma de siempre, el mismo lugar de dolor.
Él abrió la puerta y entró mientras que Amy se quedó en la puerta parada con una mirada totalmente inexpresiva. Dio un paso atrás a la vez que una pequeña y solitaria lágrima cayó por su mejilla.
- ¿Qué ocurre? ¿No entrarás? – preguntó el chico parándose en el umbral de la entrada
- No, no esta vez, se acabó, ya no más, ya no aguanto más
- Esta bien, nunca te obligué, y sabes que no te haría daño, al menos no físico – dijo suavemente mientras se acercaba a ella – pero no eres capaz de irte, ¿verdad? – murmuró en su oído
Ella se sobresaltó, era verdad, quería irse, quería apartar el sufrimiento de su vida, pero no podía, no podía hacerlo, no podía apartarse de él.
- No puedes alejarte de mi, porque sabes que es la única forma de sentirte amada, la única forma de sentir el amor que ya has perdido, y porque sabes que nadie puede hacerte el amor de la forma que yo lo hago porque me amas y no puedes evitar entregarte a mi – sentenció el hombre
Después de las duras pero verdaderas palabras la miró profundamente a los ojos esperando una palabra, un abrazo, una caricia, un beso, cualquier cosa. Ella sintió como si él estuviera viendo su interior, viendo su alma, el dolor que sentía y aquello la incomodaba, pero a la vez era una sensación cálida, una sensación de calor.
Sin poder evitarlo comenzó a entrecerrar sus ojos azules y a acercar sus labios a los del hombre. Pronto sus labios y lenguas se juntaron en un arduo beso de pasión.
Un último beso, pensó ella, un último beso del hombre al que amaba, del hombre al que jamás podría tener. Sin separar sus labios de los de ella el hombre dio unos pasos hacia atrás y entró a la habitación para después cerrar la puerta. Tras unos segundos más se separaron y se miraron. Después él se alejó de ella y comenzó a quitarse la chaqueta.
Ella en ese momento tan solo esperaba un abrazo, un abrazo de los que das a las personas a las que realmente aprecias, ya sea a la que amas o simplemente a un amigo, un abrazo sincero de afecto. Pero no, él nunca la abrazaba así, esos abrazos le pertenecían a otra persona.
Se acercó a la cama y se sentó allí. Mientras tanto él se despojaba de su chaqueta, su camisa y sus zapatos, dejando al descubierto un perfecto y atractivo abdomen.
Después fue hasta la cama y se sentó a su lado. La miró a los ojos y le sonrió, pero no era una sonrisa dulce y tierna, era lujuriosa y llena de deseo, y, sin darse cuenta, los ojos de ella mostraron los mismos sentimientos.
Lo primero que el hombre hizo fue tomarla por la cintura y después la besó, la besó como nadie lo hacía, de aquella forma tan especial, tan dulce y tan dolorosa a la vez. Cielo e Infierno. Eso eran sus besos, la perfección y el horror a la vez.
Pronto se acercaron más a la vez que sus lenguas jugaban con una suavidad casi prohibida. En ese momento ella quiso decir "no, para, hazlo ahora, ya no aguanto más", quiso gritarlo, pero una vez más sucumbió entre sus besos y caricias.
A las cinco de la mañana Amy abrió los ojos lentamente. El dolor la carcomía por dentro, pero ya no podía retroceder en el tiempo para no cometer sus pecados, ahora arrepentirse no servía de nada.
Observó la cara de su amante que aun dormía. Así, totalmente quieto, con una respiración casi imperceptible parecía un ángel, un dios, parecía un ser de un mundo divino, pero tan solo era su compañero, el compañero de sus traiciones.
Sin que lo notara se levantó de la cama y se cubrió con una de las sábanas que habían caído al suelo. Se acercó a la ventana y levantó las persianas.
Observó la ciudad de Tokio que aun estaba a oscuras, totalmente oscura, sumida en un profundo sueño, y era negra y misteriosa. Infundía miedo, pero ella tenía cosas peores a las que temer, le temía a su amor por aquel hombre, un amor que desde que nació le trajo desdichas.
En realidad, siempre había estado enamorada de él, desde que Serena se lo presentó. Cada uno de sus gestos, de sus miradas, de sus sonrisas la hacían temblar. Pero no era para ella, era para su líder, una persona a la que admiraba y quería tanto pero que siempre le arrebataba lo que más deseaba.
Si, el destino siempre estuvo escrito, desde el Milenio de Plata. Ellos se casarían y reinarían sobre todo y tendrían una hermosa hija, la princesa, la futura reina, y ellos juntos mantendrían la paz en el mundo. Siempre lo supo, siempre supo que Darien no era para ella, él le pertenecía a Serena.
Pero aun así él no se contentaba, el amor tan puro que su princesa le ofrecía no era suficiente, él quería una amante, una amante que lo amara y lo necesitara. Recordaba perfectamente como había comenzado todo aquello. Aquella noche había roto con Taiki después de dos años de relación. Realmente nunca lo amo, pero era agradable tener a alguien que te apreciara.
Después de haber bebido varias copas con las amigas y sus parejas Darien se ofreció a llevarla a casa y todo ocurrió. Aquella había sido la noche de su desgracia.
- ¿Ocurre algo? – sonó una voz somnolienta
- Solo pensaba – dijo Amy sin dejar de mirar por la ventana
- Piensas demasiado, lo único que consigues es sufrir
- No creo que pueda sufrir más de lo que ya lo hago
- Pues anoche no parecías sufrir mucho – dijo Darien riendo
Después de estas palabras notó dos manos que se pusieron en sus hombros y unos labios que pasaban por su cuello. No lo impidió, lo peor ya había pasado.
- No bromees...dime algo, ¿aun la amas?
- ¿A quien?
- No finjas no saber, a Serena
- Claro, claro que la amo, es mi esposa, por eso me casé con ella
- Entonces...entonces, ¿qué soy yo? Dime, ¿¡que demonios soy yo!? – lloró Amy
- Pero...pero a ti también te amo, solo que de una forma diferente
- ¿De una forma diferente? Dime Darien...¿qué amas de ella? ¿sus ojos, su sonrisa, su pelo, la forma en la que te dice "te amo", su eterna alegría?
- Si, más o menos...eso es lo que resume mi amor por ella
- Entonces a mi no me amas, ¿qué amas de mi? ¿El sexo, el placer? Eso no es amor, no confundas las cosas
- No, no es solo eso...es la forma en la que te ves cuando duermes, o la forma en que me miras, o tu determinación
- ¿Y que importa que me ames? ¡¡¡Dime que importa!!! Me amas, ¿¡y que!? Vives con ella, tendrás hijos con ella, tu vida será para ella, y también todo tu corazón y a mi me olvidarás. ¿De que me sirve que me ames cuando siempre voy a ser la segunda? Cuando tan solo soy tu desahogo de algunas noches...
- Amy...ya hemos hablado de esto, no voy a abandonar a Serena
- Lo sé Darien, lo sé
Amy miró el despertar de la ciudad de Tokio mientras las lágrimas corrían en silencio por su rostro sin cesar.
Fue hacia el baño, se refrescó y se vistió rápidamente, quería salir de allí lo más pronto posible. Salió del baño; Darien estaba ya vestido sentado en una butaca. Sin siquiera mirarlo se dirigió a la puerta. La abrió dispuesta a irse, pero antes de que diera un paso una mano en su brazo la detuvo.
Se volvió hacia su amante y lo miró fijamente.
- Te amo Amy...realmente te amo
Apartó su brazo bruscamente y salió del lugar. Atravesó los pasillos, bajó al lobby y finalmente salió del hotel.
"Te amo", aquellas palabras resonaban en su mente. Cada noche que pasaban él se lo decía, le decía que la amaba, y en ese momento se veía tan sincero, tan bondadoso, pero ella sabía que no era verdad, ella sabía que el amor que sentía hacia ella no era verdadero.
De nuevo tomó un taxi y llegó a su casa. Recogió el correo y entró, entró a su solitaria casa, su sitio personal, el lugar donde nadie la molestaba, donde podía vivir sola con sus pensamientos.
Cayó pesadamente sobre el sofá y de nuevo comenzó a llorar. No podía evitarlo. Había una sensación de vacío en su interior, como si realmente nada ni nadie importara en ese momento, pero dentro de ese oscuro vacío seguía aquel horrible sentimiento de soledad y esclavitud.
Se levantó tras un suspiro y fue a ducharse, se sentía realmente sucia, era una persona capaz de engañar así a una amiga, a su princesa, a su líder, a la persona a la que había prometido proteger, a esa persona que tanto había hecho por ella.
Al salir de la ducha decidió desviar sus pensamientos a otro lugar, por hay no pensaría más en él ni en su pecado. Tomó la correspondencia y comenzó a leer. Facturas, facturas, facturas, una postal que enviaba Rei desde USA y un extraño sobre. Dejó todo y abrió el pequeño sobre blanco. Lo leyó detenidamente.
Estimada Srta. Mizuno:
Su nombre es muy famoso dentro de la medicina genética en Alemania. Uno de nuestros mayores expertos murió hace poco, y nos gustaría contar con su ayuda a partir de ahora.
Si desea unirse al equipo médico del hospital general de Berlín venga lo más pronto posible.
Atentamente,
Gerencia del Hospital General de Berlín
Amy no podía creerse lo que leía, un trabajo en Alemania, su sueño más anhelado, un sueño que había abandonado para permanecer como una Sailor Scout. De repente comprendió. Aquello era un punto clave en su vida, ¿qué hacer? Ir a Alemania y abandonar todo, o, ¿seguir aquí? Por él, por el que solo trae desdichas y sufrimiento.
Supo que esa era su oportunidad, la verdadera oportunidad de alejarse de él.
Sonrió por un momento y llamó a una agencia de viajes. Reservó un pasaje para Berlín para ese mismo viernes en la noche.
Después llamó al celular de Darien.
- ¿Aló? – sonó la dulce voz de Darien
- Soy yo, necesito verte
- ¿Cuándo?
- Este mismo viernes, más pronto de lo normal, a las 4 de la tarde
- Vaya...estás ansiosa
- Oh...no puedes imaginarte cuanto
Después de estas palabras colgó el teléfono y sonrió, sonrió de felicidad.
Una vez más se dirigía hacia él, hacia el que la encadenaba, el que solo con palabras y caricias conseguía hacer lo que quisiera de ella, el hombre causante de todo el dolor en su vida. De nuevo miraba por la ventana del taxi, pero esta vez su mirada era diferente, su mirada no era triste, sino alegre y ansiosa a la vez.
Llegó al lugar de siempre y lo miró con nostalgia, quizás, o, más bien, melancolía.
- ¡Srta.! Serán 400 yens – gritó el taxista
Amy pagó al hombre y se bajó del taxi. Alguien bajó con ella, era una mujer rubia, con el pelo muy largo y sujeto en dos colas. Un rostro muy alegre adornado por unos deslumbrantes ojos azules.
- No se que clase de broma es esta Amy – dijo la mujer – no me creo eso del engaño de Darien
- Piensa lo que quieras, pero te digo la verdad, y no puedo estar más avergonzada
La mujer rubia miró con indiferencia a Amy. Esta no se inmutó y comenzó a caminar hacia la esquina de la calle, donde, como siempre, estaba él, con su bello pelo negro, sus brillantes ojos azules y su sonrisa maliciosa.
Amy llegó hasta él y se le paró enfrente.
- Hoy si llegaste a tiempo – dijo Darien
- Si, y te traje una sorpresa
- ¿Ah, si?
Amy hizo una seña y la mujer rubia se acercó hasta el lugar. Darien no podía creer lo que veía, era Serena, su esposa, allí, ¿qué hacia ella allí? Serena caminaba hacia la esquina y distinguió la figura de Darien, no podía creerlo, ¿acaso lo que decía Amy era verdad?
Cuando llegó al lugar antes que nada le plantó cara a Amy, la miró fijamente a los ojos sin expresión alguna.
- Eres una traidora, no te volveré a hablar jamás – sentenció Serena
- Bien...pero aquí te presento a mi compañero de traiciones, y por lo otro no te preocupes, porque viviré en Alemania – dijo Amy para después alejarse
Según se alejaba creyó escuchar una bofetada y una discusión, pero, en verdad, no le interesaba en absoluto. Había conseguido separarse de él, de su demonio personal, de la esclavitud, y ahora se sentía libre, y se sentía feliz, muy feliz. Y así, dejó de sentir ese dolor, el dolor de la lluvia, el dolor de una laguna, el dolor del agua, el dolor de su elemento, el terrible dolor llamado soledad.
FIN